Mis manos se quiebran, el peso de mis ojos le aturden. Por las noches el viento sopla sin cesar; los pájaros no cantan, mi mente es un remolino. El viento cálido del día aparece, y no sé como actuar. Miro todas las hojas secas que caen del árbol todo el día. Entonces, mis manos se derriten al salir de la cobija, tan rosada cómo las injusticias. Algún día podré ser lo que desee, se pregunta la cobija y su compañera de años se marcha a lo incierto. La cobija está triste, no tiene regazo ¿cómo apoyarme en ella? Pregunto si me oirá. Nunca se sabe, ahora escribo mientras mis manos se rompen dentro esa deprimente cobija.
